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jueves, 11 de marzo de 2010

¿Qué es la ESPAC?

Visión
La ESPAC se proyecta en el tercer milenio respondiendo a los retos que plantea la Nueva Evangelización de la Iglesia dentro del contexto socioreligioso de nuestra realidad eclesial, dotando a las parroquias de agentes especializados para la evangelización y la catequesis provistos de la idoneidad droctinal y metodológicas exigidas por el Directorio General para la Catequesis y capaces de educar la fe católica de niños y adultos en consonancia con la realidad cultural de sus parroquias, mediante la catequesis sacramental de iniciación y dentro de la comunidad de fe y de culto.
Misión
Formar y ubicar a los catequistas en su tarea evangelizadora dentro de la comunidad parroquial, proporcionándoles una formación catequística orgánica y sistemática, de carácter básico, dentro de la modalidad de una Escuela de Catequistas como espacio particularmente válido para su formación espiritual, doctrinal y apostólica.

Historia
Antecedentes
En los años subsiguientes al Concilio Vaticano II se creó, en Colombia y en muchas otras latitudes del mundo católico, un gran vacío en el campo de la catequesis y de la enseñanza religiosa. Nuevas escuelas pedagógicas habían surgido y los catecismos, en los cuales se educó la fe del pueblo colombiano desde el siglo XV, ya no respondían a las nuevas expectativas en lo tocante a la metodología, al contenido y a la transmisión vivencial del mismo. Proliferaron entonces textos y metodologías de origen alemán y holandés que, al no ser asimilados por quienes no eran expertos en esas culturas, pronto cayeron en desuso.
El sistema de enseñanza de la catequesis, por entonces, en los centros educativos, estaba ajustado a lo establecido en el Concordato vigente entre la Santa Sede y el Estado Colombiano según el cual la escuela, cualquiera fuera su condición: gubernamental o privada, era considerada como el lugar propio para la educación de la fe. La catequesis debía dictarse en todas las escuelas donde los profesores, por el hecho de serlo, debían también ser los catequistas. Ciertamente, las Escuelas Normales destinadas a la formación de los maestros, estaban bajo el cuidado o vigilancia de la Iglesia y todos sus alumnos se formaban dentro de los parámetros de una pedagogía orientada hacia la catequesis.
Sin embargo, en estas circunstancias, hacia 1960 la catequesis en las escuelas y colegios ya había perdido su identidad: el espacio destinado para ella en el currículo escolar fue desplazado por otras actividades tales como la educación física, obras manuales, bordados, idiomas, incluso para difundir la ideología marxista entre los alumnos. A ésto se llegó debido a los cambios tan rápidos y profundos que venían afectando a la sociedad; a la pluralidad ideológica del magisterio y a que la parroquia había descargado su responsabilidad en la escuela descuidado casi totalmente su función primordial de educar la fe de los fieles. Sin duda contribuyó a ésto la mala o casi nula formación catequística en los seminarios donde ser catequista o interesarse por la catequesis era visto como un "hobby" de algunos, poco anhelado por quienes tenían en mente lograr doctorados en otros ámbitos de las ciencias eclesiásticas.
El generalizado abandono de la educación de la fe católica en los hogares, lo mismo que la carencia de agentes especializados para la catequesis en parroquias y escuelas, llevó pronto a nuestro pueblo a perder el sentido de Dios y los valores religiosos, éticos y morales en que había sido educado desde la primera evangelización. Los pastores se hicieron la ilusión de que Colombia era un pueblo evangelizado y creyente, mientras la realidad era otra: no se daban cuenta de que el colombiano es un pueblo profundamente religioso pero insuficientemente evangelizado y moralmente enfermo. La generalidad de las personas se confesaban católicas pero, por no haber sido acompañadas por una catequesis adecuada en el hogar, en la parroquia y la escuela, se quedaron con una fe infantil que no les permitió descubrir al Jesucristo del Evangelio, ni asumir sus compromisos en la Iglesia. Perdida así la identidad católica de un inmenso porcentaje de la población, afloró entonces una religiosidad carente de valores evangélicos que hacía ver la fe de los colombianos como la actitud de quien se aglomera ante a un espectáculo callejero sin que le importe lo que allí sucede o como quien bebe agua sin tener sed. Ser católico llegó a ser, en un inmerso porcentaje de bautizados, algo puramente cultural. La iglesia llegó a encontrarse en pacífica posesión de un pueblo sumiso a sus pastores, con una fe comúnmente llamada "de carbonero", pero ignorante de su contenido básico. De esta suerte, nuestro pueblo se encontró, a finales de la segunda mitad del s. XX, desprovisto de los recursos de una fe debidamente ilustrada para enfrentarse al fenómeno desconocido, hasta ese momento, de la proliferación de ideologías de todo tipo y de la invasión de sectas religiosas de origen norteamericano ávidas de explotar una religiosidad ingenua y milagrera.
Quizás, en el análisis de estos antecedentes debamos situar las causas de la posterior descomposición social de Colombia, la corrupción en todos los ámbitos de su sociedad y la violencia generalizada que la destruye desde hace más de cincuenta años. Sin que nos diéramos cuenta, desde el comienzo de la revolución, el 9 de abril de 1948, nuestra sociedad tuvo que enfrentarse a cambios socioculturales rápidos y profundos que determinaron una nueva cultura. Dentro de ese contexto a la Iglesia le sucedía lo que a la mamá que, con amor cuida a su niño arropado en sus brazos, sin darse cuenta de que el hijo va creciendo y pronto se le vuelve rebelde.

Razones de esperanza
Pero fue justamente, gracias a la renovación pastoral del Concilio Vaticano II, a su nueva visión de Iglesia, a los nuevos horizontes abiertos por las Constituciones Lumen Gentium, Dei Verbum, Sacrosanctum Concilium, Gaudium et Spes, y luego Evangelii Nuntiandi, Redemptoris Missio, como la catequesis y la enseñanza religiosa (ERE) fueron encontrando su espacio propio en la familia, en la parroquia, en la escuela oficial lo mismo que en la Iglesia católica y en un amplio sector de la sociedad.
En estas circunstancias las diócesis, las parroquias y las comunidades religiosas, cuyo carisma es la educación y la catequesis, ante la carencia de agentes especializados o, al menos, medianamente capacitados para la educación de la fe, organizaron escuelas y programas para la formación de catequistas. Todos esos esfuerzos se acogieron a los más recientes adelantos en la psicología, la pedagogía y demás ciencias auxiliares de la catequesis. Por ello, estas experiencias fueron y continúan siendo valiosas y sus efectos ampliamente conocidos.
Sin embargo, estas experiencias no siempre resultaron funcionales: la formación de catequistas para las parroquias dentro de la metodología de la escuela presencial exigía grandes costos y penosos desplazamientos. Dios sabe cuántos fueron los costos y cuán abnegados los esfuerzos de obispos y de párrocos por promover apóstoles laicos para la catequesis en escuelas presenciales que surgieron después de los años 70. Sin duda que muchos apóstoles de la catequesis y muchas vocaciones religiosas surgieron de estas experiencias. Pero bien pronto se pudo constatar que la formación de catequistas para las parroquias, realizada sin la inmediata presencia o participación de los párrocos, era esfuerzo perdido en la mayoría de los casos. Faltaba la sintonía entre los criterios pastorales de los catequistas formados dentro de una pastoral postconciliar y los de muchos párrocos anclados en sistemas superados. Así el catequista no encontró nunca su espacio propio en la parroquia.

Los orígenes de la ESPAC
Dentro del contexto antes descrito y con la naciente metodología de educación a distancia, las religiosas salesianas del Centro Diocesano de Catequesis de Neiva, a petición del Señor Obispo, Monseñor Rafael Sarmiento Peralta, diseñaron un programa de formación de catequistas a distancia y lo llamaron Escuela Parroquial de Catequistas (ESPAC). Las Hermanas Leonor Castelblanco, Judith Arboleda, Carmenza González y Beatriz Gracía fueron autoras muy destacadas en este esfuerzo que continuó funcionando limitadamente en parroquias de la Diócesis de Neiva hasta languidecer sin mayores resultados.
Simultáneamente Monseñor Carlos Sánchez Torres desempeñó entre los años 1971 y 1995 el oficio de Vicario Episcopal en la Zona Pastoral Episcopal de la Sagrada Eucaristía de la Arquidiócesis de Bogotá, integrada inicialmente por 25 parroquias y al término de su gestión, en 1995, por 73 y con una población cercana a los dos millones de católicos. Puesto que la Arquidiócesis de Bogotá no contaba con ningún programa estructurado para la formación de laicos y menos para la formación de catequistas, el Vicario Episcopal, urgido por la necesidad de dotar las parroquias de agentes de pastoral para la catequesis y habida cuenta, además, del abandono de la catequesis en las escuelas oficiales, de acuerdo con su Consejo Vicarial y los señores párrocos, en 1975, durante el gobierno pastoral del Cardenal Aníbal Muñoz Duque, estableció y, con un grupo de religiosas y laicos, dirigió una escuela presencial para la formación de catequistas. Formado en catequesis en el Instituto Católico de París, no estaba haciendo nada diferente de lo que allí vio y de lo que aquí otros estaban haciendo.
Durante seis años funcionó esta experiencia con una metodología de clases magistrales y de prácticas de docencia. Sus logros fueron buenos en lo referente a la formación de apóstoles laicos, pero muy deficientes en lo relativo a la inserción del catequista en su comunidad, en la perseverancia y en su proyección apostólica. Se cumplía aquí lo dicho anteriormente: la formación de catequistas para las parroquias hecha sin la inmediata participación de los párrocos, sin una bien definida integración entre párroco y catequista, no puede favorecer el trabajo en equipo ni la promoción de la comunidad cristiana. Esta experiencia lo mismo que otras semejantes estaba llamada a desaparecer. La carencia de mejores resultados obligó al Vicario Episcopal, muy a su pesar, a clausurar 1983 la escuela que con tanto esfuerzo y con la colaboración de tantos abnegados sacerdotes y religiosas había iniciado ocho años antes.
Pero las necesidades pastorales eran cada día más apremiantes, la carencia de catequistas en las parroquias era de todos conocida y los efectos de esta carencia eran manifiestos. Veía, además, Monseñor Carlos Sánchez, que los diferentes programas de pastoral que, como Vicario Episcopal, debía impulsar en las parroquias tenían aspectos muy afines en cuento a la formación doctrinal y espiritual de sus agentes lo cual implicaba dispersión de esfuerzos, de tiempo y de recursos. Pensó, entonces idear un mecanismo sencillo y eficaz, una especie de "varita mágica", que sirviera de instrumento y ayuda a los párrocos para dar respuesta a los programas de formación de catequistas, de pastoral juvenil, de pastoral vocacional y de formación de laicos. Un programa sencillo y didáctico que formara apóstoles laicos conocedores del contenido fundamental de la fe católica, con una metodología inductiva y participtiva, sin las características de la escuela activa y de trabajo grupal, con una espiritualidad de comunión y participación, con gran capacidad de liderazgo y de compromiso en las actividades eclesiales; con un marcado espíritu misionero y de comunión con su párroco, con su comunidad parroquial, con su obispo y con su diócesis, a la vez que plenamente inserto en la cultura de su entorno.
Aparecieron, en 1987, las religiosas salesianas del Noviciado de Bogotá, ofreciendo al Vicario Episcopal su experiencia de ESPAC en la diócesis de Neiva. Estudiado el Programa, Monseñor Sánchez encontró en él, mucho de cuanto soñaba referente a la metodología y creyó que con este ofrecimiento había encontrado la respuesta adecuada a sus anhelos. A partir de entonces, en asocio con las mismas religiosas salesianas se adoptó la ESPAC, ad experimentum, en dos parroquias de la Vicaría de la Sagrada Eucaristía: en San Wenseslao y en Todos los Santos cuyos párrocos, los padres Frencisco Lizarazo y Rogelio Ruiz respectivamente, se ofrecieron para experimentar el Programa.
Pero por cuanto el Programa de Neiva, válido en su metodología, no se ajustaba a las necesidades pastorales de las parroquias de la ciudad en su contenido doctrinal, personalmente Monseñor Carlos Sánchez se dio a la ardua tarea de redactarlo, en su totalidad, de conformidad con lo dispuesto en el Directorio General para la Catequesis, los documentos del Concilio Vaticano II, Catechesi Tradendae, Evangelii Nunctiandi, Redemptoris Missio y otros documentos recientes del Magisterio de la Iglesia. Aún no se había editado el Catecismo de la Iglesia Católica. Para hacer esta reforma en el Programa ESPAC, Monseñor Sánchez obtuvo licencia del Señor Obispo de Neiva, Mns. Hernando Rojas Ramírez.
Un año después de iniciada la experiencia en las parroquias piloto de San Wenseslao y de Todos los Santos, los resultados fueron sorprendentes: los 85 alumnos inscritos, en su mayoría jóvenes, junto a sus párrocos, proseguían su formación y realizaban trabajos pastorales con ejemplar compromiso y relativa eficacia. Entonces el Vicario Episcopal, consultado el Arzobispo Cardenal Mario Revollo Bravo, consideró oportuno lanzar esta experiencia como un programa oficial de la Vicaría para todas las parroquias. El consejo Vicarial lo adoptó dentro del Plan Pastoral de la Vicaría, pero dejó, todavía, en libertad a los párrocos que no quisieran adoptarlo. De los 54 párrocos de entonces, veintidós dijeron SI y lo acogieron con toda seriedad. 420 alumnos matriculados al comenzar 1988 hacían pensar en grande.
¿Cómo atender debidamente a la marcha de un programa que se insinuaba con brillantes perspectivas apostólicas? Fue necesario comenzar por diseñar lo que pretendíamos estableciendo objetivos, estructuras, contenidos, sistema de evaluación y funciones muy precisas dentro de los criterios vigentes de pastoral orgánica en la Vicaría; criterios de formación espiritual y pastoral, actividades, funciones y cronogramas, en fin, todo lo necesario para responder a un reto tan difícil. Así, un equipo de 22 párrocos, con su Vicario episcopal, pusieron los cimientos y construyeron la estructura que habría de soportar tan bello edificio.
La doctora Stella Betancourt, psicóloga y experta en programas universitarios de formación a distancia, se situaría en la Dirección Académica como Delegada del Vicario Episcopal, 22 coordinadores de grupos de catequistas irían, con ella, haciendo camino en el conocimiento y ejecución del Programa. Nuevos colaboradores fue necesario vincular a la Secretaría (Jorge Israel Gómez hoy sacerdote domínico y Constanza Rojas) y al Consejo Académico (la catequista Mónica Lorenzo y la maestra Himelda de Carvajal).
Con la aprobación, en 1987 del señor Cardenal Mario Revollo Bravo, Arzobispo de Bogotá, la Escuela Parroquial de Catequistas (ESPAC) prosiguió sus tareas como un programa propio de la Vicaria Episcopal. Así fue tomando cuerpo una organización bien estructurada para el servicio de la pastoral catequística en las parroquias.
Primera promoción de graduados
El 16 de diciembre de 1989, en solemne ceremonia eucarística presidida por el Obispo Auxiliar Monseñor Fabio Suescún Mutis, como delegado del Señor Cardenal, (en la Parroquia de san Juan Bautista de la Estrada, cuyo párroco ESPAC, P. Pascual Clavijo nos acogió bondadosamente), 130 alumnos recibieron el título y la misión de "Catequistas Parroquiales" . Estos, venciendo toda suerte de dificultades de tiempo y de trabajo, realizaron su formación durante cuatro semestres y vieron allí cumplidos sus anhelos.
De esta manera respondían estos noveles catequistas al llamado del Señor para realizar en sus parroquias programas de Nueva Evangelización (término éste que acababa de lanzar el Papa Juan Pablo II en sus convocatoria para la celebración del Quinto Centenario de la Evangelización de América), y se constituían en valioso aliciente para las incipientes directivas de la ESPAC. Fueron estos catequistas la semilla de la gran cosecha que la ESPAC continúa recolectando hoy en los más diversos ámbitos de Colombia y del exterior.

Expansión de la ESPAC
En 1990, sin pretenderlo, pero por cuanto el Programa había sido acogido y seguido también por dos noviciados masculinos y once femeninos en Bogotá, las junioras domínicas de Santa Catalina de Sena, graduadas en la ESPAC y enviadas a diferentes regiones de Colombia, comenzaron a utilizar la metodología ESPAC en sus catequesis. De esta manera surgió una escuela en Chinú (Córdoba) que dio origen a la ESPAC en la Diócesis de Montería donde gracias al celo apostólico y al dinamismo pastoral de su Obispo, Monseñor Dario Molina Jaramillo, funciona en la totalidad de sus parroquias. Simultáneamente y de manera progresiva se fue extendiendo a las demás Vicarias Episcopales de Bogotá y a otras diócesis de Colombia: Bucaramanga, Cali, Casanare, Chiquinquirá, Duitama, Facatativá, Girardot, Manizales, Medellín, Montería, Pereira, San Gil, Tuluá, Valledupar, Villavicencio y Palmira donde su Obispo, Monseñor Mario Escobar Serna, mediante Decreto, asumió la ESPAC como programa oficial de la Diócesis para la formación de sus catequistas. Esto, no obstante, el Programa no produjo frutos en Palmira.
En 1993, cuando el Programa se fue extendiendo a otras jurisdicciones, al equipo inicial se integraron sacerdotes, religiosas y laicos pastoralmente experimentados y expertos en pedagogía catequística. Son muy valiosos los aportes para la estructuración de Quinto Semestre sobre comunidad eclesial, del Padre Alirio Ramírez, la Doctora María Leonor Mejía y Carlos Alberto Gómez del CECAM de Manizales; las Hermanas Lilian Rivero, de Pereira; Gladys Pinzón de Villavicencio y Magdalena Gaitán de Facatativá. Todos ellos, bajo la dirección general de Monseñor Sánchez, la dirección académica de la doctora Stella Betancourt y la cooperación de las religiosas salesianas Carmenza González y Leonor Castelblanco conformaron el Equipo Nacional directivo que le dio altura y gran dinamismo a la ESPAC. A la base de este equipo, en la retaguardia, estaba, desde el origen de la ESPAC, Mónica Lorenzo encargada de atender los aspectos logísticos, la distribución de material y el contacto con las Delegaciones Diocesanas ESPAC. Con ella realizaban todas estas labores: Sandra Maritza Gómez, Jorge Israel Gómez, Constanza Rojas, Himelda de Carvajal y Myriam Vagner.

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